El arte oficial actual (véase minimal, postminimal, conceptualismo y otras hierbas) ha tratado de convencer al personal de que es un arte progresista. Su modernidad, su querer estar a la última, la innovación constante y la originalidad son, al parecer, sus argumentos.
¡Menuda ironía! Dejando para otra ocasión el debate sobre si dichos argumentos son reales, vamos a centrarnos en esta supuesta progresía. Para empezar, debemos plantearnos seriamente la posibilidad de concluir sin ningún rubor que O ESTOS TÍOS ESTÁN JAMADOS O CREEN QUE SOMOS IDIOTAS.
Me explico; nunca podrá ser considerado progresista o de izquierdas un arte que da la espalda al público deliberadamente. Por cutre, por incomprensible, por trilero y por vacío. Un arte inasequible al bolsillo y al sentido común general es, por definición, elitista y snob.
Yo diría más bien que este pseudo-arte despide un sospechoso tufillo (o hedor) a capitalismo radical. Abaratan los costes de producción al máximo de diversas formas:
usan materiales "innobles" como grasas, excrementos, cadáveres, lechugas podridas, etc., se invierte poco o nada en la formación de sus artífices, críticos y promotores (y no hablo sólo de dinero, sino de trabajo y tiempo), los museos donde exponen suelen ser salas desnudas de edificios simples y baratos, muy baratos (y sigo sin hablar de dinero), y suma y sigue...
Por el contrario, las "obras" de este tipo suelen ser extravagantemente caras. Y lo que es peor, se suelen pagar con dinero público sin preguntar si nos gustan (¿alguien está pensando en los Centros de Arte Contemporáneo?) y sin informar claramente al personal de qué es lo que se está cociendo con nuestra pasta...
O sea, lo de siempre, lo de ahora: dinero y negocio hasta que se jode el idem y hay que pedirle a Papá Estado que pague el pato. Si esto no es capitalismo puro y duro, que venga Marx (Karl o Groucho, tanto da) y lo vea.
No olvidemos, además, que este pretendido arte contemporáneo dice ser hijo de la vanguardia y, las vanguardias, en su mayoría, acabaron teniendo una estrecha relación con el poder, que, si no recuerdo mal, en la Europa de posguerra, ostentaban varios fascistas de renombre.
Y ahora, como siempre, tratan de arrinconar a los auténticos "trabajadores de la cosa artística", los del oficio y la profesionalidad real, diciendo que son conservadores. ¡Qué astutos! El pobre argumento de siempre: la mejor defensa es un buen ataque. Puedo aceptar esto para el fútbol (Visca el Barça!, de paso) pero no para el debate intelectual serio. Me repugna ver como en muchos ámbitos de la vida social, hay quien, como táctica preventiva, trata de achacar a los demás los defectos propios, esperando que así no se les pueda criticar por ello.
Hace unos días, por ejemplo, un obispo con nombre de cancerbero, dijo que era mucho peor el aborto que los abusos a menores. ¡Qué listo! Claro, tienen que nacer muchos más niños porque de lo contrario, ¿de quién vamos a abusar? Los mayores ya no se dejan, ni aquí ni en las "colonias"... ¡Qué vergüenza! De nuevo, y perdón si me repito, la falta de honestidad. Con lo poco que hubiese costado pedir perdón públicamente y castigar a los culpables.
En el arte, esta táctica del "a mí me rebota y a tí te explota" viene sucediéndose desde hace mucho. Muchos, demasiados, artistas han sido apartados del ámbito oficial por su supuesto conservadurismo, cuando, en realidad, ellos eran la verdadera progresía. Decenas de nombres, individuales o colectivos: el Realismo Social americano (insólitos rojos en la patria del capital) con Ben Shahn como ejemplo más claro, los llamados artistas del fregadero (The kitchen Sink School) británicos, el Realismo Socialista de los mexicanos (quizás el más conocido, pero no lo suficiente), los nuevos realistas (Hopper, Wyeth...) y tantas y tantas escuelas nacionales o regionales, a las que el "silencio administrativo" ha ignorado.
Es una lástima que a cambio se ofrezca al gran público en museos, programas de televisión o prensa, la imagen de un arte críptico, incomprensible y extravagante, hecho para el negocio de unos pocos y el disfrute de menos todavía. Nos merecemos disfrutar de la belleza y la poética del arte, esté donde esté: derecha, izquierda o en media pensión. Lo más importante son las obras, el resto, las ideas, la reflexión, ha de llegar después, al margen de posicionamientos preconcebidos. Hoy más que nunca debemos socializar el buen gusto, abriendo para ello museos, salas y hasta talleres a la gente. El arte debe darse a conocer por sí mismo. La mejor publicidad es que hablen las obras y no los críticos. Que cada cual vea, piense y decida por sí mismo.