viernes 9 de septiembre de 2011

La caja tonta se vuelve lista...



Definitivamente, uno de los grandes negocios del siglo XXI será la televisión. ¡Gran novedad! Acabo de descubrir la pólvora. Porque las productoras, los partidos políticos y hasta la Liga de Fútbol Profesional ya se dieron cuenta hace mucho tiempo. Y ahí están, en el negocio…
Y, aunque a priori, esto no presagia nada bueno y nos haga sentir como el Montag de Fahrenheit 451, a veces, no hay mal que por bien no venga.
Una de las ventajas de este “nuevo viejo negocio” es la aparición de maravillosas series de televisión. Ciertas productoras internacionales y alguna nacional están poniendo mucho dinero y talento al servicio de la ficción televisiva: BBC, ABC, HBO (esta última de forma muy destacada)… Todas ellas se vuelcan en la creación de grandísimas series para la pequeña pantalla con calidad de pantalla grande. De hecho, muchas de ellas estrenan sus capítulos pilotos en los grandes cines y con alfombra roja. Por algo será… Después, nos sirven en casa periódicamente sus episódicos filmes. Utilizan el lenguaje narrativo del cine, su producción, sus grandes escenarios, los guiones meticulosos, crean personajes complejos y fascinantes y hasta “importan” actores, directores y demás de la gran pantalla. Algunas se conocen por el boca-oreja (he visto The Wire y Juego de tronos gracias a un par de amigos con buen criterio), otras se convierten en objetos de culto (con sus propios foros y foreros desaforados), más o menos merecidamente… Algunas generan más literatura cibernética de la que podáis imaginar (os lo dice una ex adicta a Lost): debates, vaticinios y críticas a millares. En resumen, el espectáculo en casa y consumible en pildoritas televisivas o en atracones en la red. Cada loco con su tema.
Un excéntrico conocido mío dice que el arte no ha de ser fácil y accesible sino que ha de requerir esfuerzo y dedicación por parte del espectador. Tengo mis dudas. Afirmar eso es igual que pedir un público de élite. El equilibrio debe de estar en alguna parte. Poco democrático me parece eso... Claro que, viendo lo que las TV privadas empiezan a cobrar por sus servicios, a lo mejor esa élite ya existe, aunque desgraciadamente sea económica y no intelectual.
Bendigamos juntos a las “Pelis Yonkis” mientras Sinde lo permita.

lunes 21 de junio de 2010

LA PERFECCIÓN DE LO IMPERFECTO

Decir que la maternidad es lo más maravilloso y lo más importante que una ha hecho y hará en la vida puede ser tan obvio como incierto. Ser madre no garantiza nada. Ejercer de madre y aprender día a día el “oficio”, algo más. Si intentásemos describir los sentimientos que produce tener hijos, simplemente elaboraríamos una larga lista de lugares comunes para muchas mujeres (madres, hijas o espíritus “santas”): el amor visceral e incondicional, la responsabilidad, los miedos, los desvelos, la risa, la felicidad… Afortunadamente, siempre salta la sorpresa cuando de locos bajitos se trata.
El loco bajito con el que vivo, en concreto, ya me ha dado unas cuantas lecciones de esas, inesperadas y tiernas. Y no tiene intención de parar de sentar cátedra, el tío... La mejor, digna de todo un especialista en “Vidología”, es el haberme enseñado que las cosas imperfectas suelen ser, paradójicamente, las que más se acercan a la perfección.
Una se queda pasmada cuando el enano coge un pincel, se concentra, pide silencio, moja en cinco colores a la vez y en dos minutos hace un Pollock mejor que los del propio Pollock o dibuja un coche con dos ruedas, sin volante, sin piloto y, de inmediato, este garabato imposible se transforma en un Ferrari que surca la autopista a toda velocidad. Algunos pintores del siglo XX como Klee, por ejemplo, querían desaprender y volver a pintar como niños. No me extraña nada. Yo también quiero. ¿Quién no querría ser libre, creativo, dejarse llevar por la imaginación, la fantasía y el placer de creer que haces magia con cada gesto?
En muchas ocasiones, tratamos de corregir a los niños cuando dibujan un perro con tres patas, escriben su nombre al revés o se ponen la zapatilla derecha en el pie izquierdo y se quedan tan anchos. Yo estoy aprendiendo a no hacerlo… aunque me cueste. Le quedan taaaaaaaaaaaaaaaan bien las zapatillas al revés… De hecho, yo misma las llevo así ahora. ¡Y no veas cómo mola! Es un simple gesto, pero simboliza la rebeldía, la independencia y la libertad de espíritu.

sábado 1 de mayo de 2010

¡Qué gusto da el buen gusto!

A mis años, que cada vez me parecen más (y lo son, claro está), yo ya pensaba que ciertas cosas mías no cambiarían. Especialmente, las referentes a mis aficiones y gustos personales. Por ejemplo, una cree que su canción favorita siempre será "Fly me to the moon", pero, como decía aquel, la vida te da sorpresas.
Hace unos meses, la cadena televisiva Cuatro utilizó para una de sus promos (si no recuerdo mal, para Anatomía de Grey, una serie que, dicho sea de paso, no he visto jamás), la música de un bolero que sonaba a clásico. La melodía, la letra y la voz de quien cantaba me cautivaron al instante. Al momento, acudí a San Google para que me ayudase: “Déjame que te deje tenerme pena”. Para mi sorpresa, descubrí que aquella canción era parte del disco “Los mares de China”, primer trabajo de un crooner andaluz (así lo definían) llamado Tony Zenet. Escuché sus canciones asombrada. La excelencia es lo que tiene…
Para alivio de la SGAE, de Ramoncín y otras hierbas, he de decir que inmediatamente encargué el disco en una de esas tiendas que hoy agonizan en soledad. He escuchado el disco del derecho y del revés, ordenado y desordenado, de día y de noche, en casa y por la calle, y sigo… Aún no me he cansado. Algo tendrá…
Hace una semana, yendo a trabajar, vi, en la esquina de una pared casi perdida, el cartel que anunciaba el concierto. Y allá que fui, claro. Fui y fuimos. No estaba lleno, ni falta que hizo. Público selecto (of course) y entregado desde el comienzo. En el escenario, siete músicos excepcionales, talentosos, divertidos y empáticos pero, sobre todo, siete amigos que lo pasaban en grande y disfrutaban con su trabajo y el de sus compañeros. ARTE. No se me ocurre mejor manera de pasar un par de horas.
Y es que cuando uno trabaja a fondo cada detalle: la poesía de las letras de Javier Laguna, los estupendos arreglos musicales para el directo, la elección de unos músicos de oficio y vocación, la estética, la luz, todo…, el resultado tiene que ser excelente. Simple buen gusto. Tanto, que a todos aquellos que conocíamos el disco, nos gustó aún más el directo.
Como ya he dicho en alguna otra parte, hay frases que justifican una obra literaria, una película o un disco. Yo me quedo con la Estela de Zenet y Laguna, esa “Gilda que baila con guantes de cocina”.
Tengo unas ganas de volver a escuchar a Zenet que ni escuchándolo se me quitan…

sábado 28 de noviembre de 2009

Sensibilidad de género

En la cosa artística, y en la vida en general, es imprescindible poseer un cierto grado de sensibilidad para que nuestros sentidos no sólo capten señales, sino que, a partir de ellas, nos hagan SENTIR y tener ideas propias. En muchas ocasiones, he percibido ciertas diferencias (a veces, de bulto) entre la sensibilidad femenina y la masculina, y me preguntaba si al resto de la humanidad esto también le ha ocurrido, o es que simplemente soy un poco... ohhhhhhhhh, horror, no me atrevo a decirlo siquiera... sexista. ¡Hala, lo que he dicho!
En fin, sería algo así, salvando las distancias, como aquella escena de una dulzona película llamada "Algo para recordar" (a su vez remake de "Tú y yo", paradigma del cine romántico de antaño) en la que unos hombres se emocionan al recordar "Doce del patíbulo", mientras que las chicas lo hacen con una peli más convencionalmente femenina (disculpad, no recuerdo cuál era, ¿sería Titanic?). Lo cierto es que, aunque la escena era casi una caricatura, las cosas, a veces sí funcionan de un modo parecido.
En una ocasión, un profesor nos pidió que dijésemos el título de alguna película romántica que hubiésemos visto y a mí, como no, me vino a la cabeza mi adorada "Sentido y sensibilidad". Mi respuesta, lejos de parecerle adecuada al interfecto, desató un arduo debate mano a mano sobre lo que es el romanticismo. Él defendía la idea de que Jane Austen era una cursi, solitaria y frustrada mujer decimonónica que escribía sus irreales fantasías románticas envuelta en enaguas y sedas, sin tener la más mínima idea de lo que significa ser romántico. Decía además que esa película era un "pastelón" (sic) que se alejaba años luz de su idea del romanticismo... Claro, le faltó añadir que yo era una petarda infantiloide que se emociona con las florecillas que brotan en primavera, así que, por si acaso, ya me lo digo yo.
Curiosamente, un comentario similar, sobre la misma peli, surgió en otra conversación, en otro momento y lugar, con otro "machote" de la comarca. Así que, empecé a plantearme la posibilidad de que existan dos sensibilidades que pueden corresponderse (o no) con ambos sexos. ¿Qué opináis, hombres del mundo? ¿A vosotros os emociona Russell Crowe cuando dice aquello de "Me llamo Máximo Décimo Meridio, comandante de los ejercitos del norte ... leal servidor del verdadero emperador Marco Aurelio. Padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada y alcanzaré mi venganza en esta vida o en la otra" en aquella insigne película en la que los romanos usaban Rolex? ¿Y vosotras, chicas, se os pone la nariz como un pimiento cuando veis a Leotardo (no es una errata) Di Caprio en la improbable proa del Titanic mientras Céline Dion nos ameniza con su gritos de perraca cabreada?
Espero que captéis adecuadamente la ironía de mis palabras, queridos amigos, y seais capaces de debatir con buen humor sobre algo tan "profundo y original", sin caer en la segregación sexual que amenaza con abducirme...

jueves 23 de julio de 2009

La mirada de Pericles





Resulta curioso pensar que el Partenón, esa "nueva maravilla del mundo antiguo", fue contemplado, en sus días de esplendor clásico, como un templo armonioso, proporcionado y bello, exactamente igual que en la actualidad, pero también como un edificio polícromo, repleto de relieves y colores que le darían, sin lugar a dudas un aspecto sustancialmente distinto al que hoy tiene. Y no es un caso aislado. Lo mismo podríamos decir de la famosa Koré del peplo, la estatuaria griega (guasones los renacentistas que lo obviaron siglos después), el Pórtico de la Gloria y muchas otras joyas de la Historia del Arte.
Si lo analizamos un poco, este hecho, aparentemente anecdótico, nos puede llevar a una interesantísima reflexión: ¿qué misterioso poder atesora el Arte para que, a pesar del paso del tiempo y sus temibles travesuras, los espectadores de cualquier siglo queden subyugados por su magia?
Imaginemos un espectador actual elegido al azar, un hombre joven amante de las artes, pongamos que se llame Fernando, por ejemplo. Pues bien, Fernando viaja a Grecia y visita la Acrópolis de Atenas una mañana de septiembre. Camina por el barrio de Plaka, asciende poco a poco entre gloriosas ruinas, atraviesa los Propileos (o lo que queda de ellos), deja a la derecha el Templo de Atenea Niké y mira al frente. Bofetada de Síndrome de Stendhal (a pesar de andamios y turistas). Lo dicho: armonía, proporción y belleza en estado puro. Realiza la ritual peregrinación, se deleita con las formas perfectas, visita el hermoso Erecteion, recorre el recinto, toca el mármol (si acaso se guarda furtivamente un pedacito en el bolsillo) y, cuando sus sentidos se lo permiten, mira al horizonte. La vista de Atenas le impresiona. Una ciudad, que es un país entero, se ve desde allí. A los pies de la Acrópolis, más arte... Sus ojos se encuentran con el Monte Licabeto. Dicen que desde él, cuando la polución amaina, se pueden ver algunas islas del Egeo...
Imaginemos ahora al grandioso Pericles ante el Partenón en su edad de oro. ¿Qué es lo que él percibe? ¿Tan distinta es su mirada de la de Fernando? ¿Tan distintos son sus sentimientos ante tal visión? Probablemente no.
Permitidme un momento de digresión pseudo-lingüístico-semiótica-fijaté. Las obras de Arte, las de verdad, poseen un significante (la obra en sí y la materia que la compone, se halle en el estado en que se halle) y múltiples significados (lo que esa obra provoca en el cuerpo y la mente del potencial espectador). Es polisémica, por tanto. Cada persona percibe lo que puede (y a veces, lo que quiere), dependiendo de múltiples factores, pero hay una verdad objetiva y clara: lo que ve es un potente estímulo para sus sentidos. La sensibilidad personal, el cultivo del intelecto, la tradición, etc. son variables que influyen en su visión pero no determinan casi nada. Al menos en un primer momento. La reflexión posterior es cosa aparte...
El deleite que produce ver la belleza que otros crean o han creado es muy poderoso, porque, entre otras cosas, añade el factor sorpresa. Vemos el resultado, no el proceso. Igual que catar un sabroso pastel o gozar con profusión cuando oimos un pizzicato bien ejecutado... El perfecto espectador es un niño inocente e impresionable. Y el más sincero...
Por otra parte, está el tema de la belleza de lo ruinoso y decadente. Sofía Loren a sus casi 80 años sigue siendo mil veces más hermosa que una servidora de casi 40 (!). La poética que encierran las piedras y los cuerpos viejos. El testimonio aún vivo de lo que hubo y no volverá, aunque dejó una impronta indeleble.

domingo 14 de junio de 2009

La Escuela de La Haya en A Coruña

Estos días, Caixanova nos ofrece la posibilidad de visitar en A Coruña una exposición de pinturas de la Escuela de La Haya. Se trata de 74 obras (58 óleos y 16 acuarelas) pertenecientes al Rijksmuseum de Amsterdam, que estarán por estos lares unos días más. Así que, si no habéis ido a verla, y podéis hacerlo, no lo dudéis.
Si a alguien le han asaltado alguna vez las dudas sobre lo que es o no es arte, que vea, por ejemplo, una sola de las acuarelas holandesas y después hablamos.
Y es que la destreza, la belleza, la calidad y la pasión por lo que uno hace (en resumen, la excelencia) son apreciables por CASI todo el mundo en CASI cualquier circunstancia.
Una anécdota que nos cuenta la guía de la exposición: Anton Mauve (a la sazón, maestro de Van Gogh), se había hecho famoso en sus días por sus preciosos cuadros de ovejas, pintadas, unas veces yendo, otras viniendo... Pues bien, el bueno de Mauve (¿alguien más piensa que debe pronunciarse algo similar a "mov" y no "mové"?), en un alarde de honestidad, decidió cobrar menos por aquellos cuadros en que los animalillos iban, pues aparecían de espaldas y eso le daba a él mucho menos trabajo que cuando venían, pues entonces tenía que pintar sus ovinas caritas.
Esto, por supuesto, sería insólito hoy en día. ¿Os imagináis al pseudoartista de turno?: "Bueno, vale, como esta obra la he hecho con una caca de perro sin modelar y unas pelotillas frescas de mi ombligo, os voy a pagar yo por ir a verla...". Tratad de visualizar la situación. Es, si cabe, más hilarante que la obra de algunos "genios" del arte contemporáneo.

lunes 1 de junio de 2009

"A mí me rebota y a tí te explota"

El arte oficial actual (véase minimal, postminimal, conceptualismo y otras hierbas) ha tratado de convencer al personal de que es un arte progresista. Su modernidad, su querer estar a la última, la innovación constante y la originalidad son, al parecer, sus argumentos.
¡Menuda ironía! Dejando para otra ocasión el debate sobre si dichos argumentos son reales, vamos a centrarnos en esta supuesta progresía. Para empezar, debemos plantearnos seriamente la posibilidad de concluir sin ningún rubor que O ESTOS TÍOS ESTÁN JAMADOS O CREEN QUE SOMOS IDIOTAS.
Me explico; nunca podrá ser considerado progresista o de izquierdas un arte que da la espalda al público deliberadamente. Por cutre, por incomprensible, por trilero y por vacío. Un arte inasequible al bolsillo y al sentido común general es, por definición, elitista y snob.
Yo diría más bien que este pseudo-arte despide un sospechoso tufillo (o hedor) a capitalismo radical. Abaratan los costes de producción al máximo de diversas formas:
usan materiales "innobles" como grasas, excrementos, cadáveres, lechugas podridas, etc., se invierte poco o nada en la formación de sus artífices, críticos y promotores (y no hablo sólo de dinero, sino de trabajo y tiempo), los museos donde exponen suelen ser salas desnudas de edificios simples y baratos, muy baratos (y sigo sin hablar de dinero), y suma y sigue...
Por el contrario, las "obras" de este tipo suelen ser extravagantemente caras. Y lo que es peor, se suelen pagar con dinero público sin preguntar si nos gustan (¿alguien está pensando en los Centros de Arte Contemporáneo?) y sin informar claramente al personal de qué es lo que se está cociendo con nuestra pasta...
O sea, lo de siempre, lo de ahora: dinero y negocio hasta que se jode el idem y hay que pedirle a Papá Estado que pague el pato. Si esto no es capitalismo puro y duro, que venga Marx (Karl o Groucho, tanto da) y lo vea.
No olvidemos, además, que este pretendido arte contemporáneo dice ser hijo de la vanguardia y, las vanguardias, en su mayoría, acabaron teniendo una estrecha relación con el poder, que, si no recuerdo mal, en la Europa de posguerra, ostentaban varios fascistas de renombre.
Y ahora, como siempre, tratan de arrinconar a los auténticos "trabajadores de la cosa artística", los del oficio y la profesionalidad real, diciendo que son conservadores. ¡Qué astutos! El pobre argumento de siempre: la mejor defensa es un buen ataque. Puedo aceptar esto para el fútbol (Visca el Barça!, de paso) pero no para el debate intelectual serio. Me repugna ver como en muchos ámbitos de la vida social, hay quien, como táctica preventiva, trata de achacar a los demás los defectos propios, esperando que así no se les pueda criticar por ello.
Hace unos días, por ejemplo, un obispo con nombre de cancerbero, dijo que era mucho peor el aborto que los abusos a menores. ¡Qué listo! Claro, tienen que nacer muchos más niños porque de lo contrario, ¿de quién vamos a abusar? Los mayores ya no se dejan, ni aquí ni en las "colonias"... ¡Qué vergüenza! De nuevo, y perdón si me repito, la falta de honestidad. Con lo poco que hubiese costado pedir perdón públicamente y castigar a los culpables.
En el arte, esta táctica del "a mí me rebota y a tí te explota" viene sucediéndose desde hace mucho. Muchos, demasiados, artistas han sido apartados del ámbito oficial por su supuesto conservadurismo, cuando, en realidad, ellos eran la verdadera progresía. Decenas de nombres, individuales o colectivos: el Realismo Social americano (insólitos rojos en la patria del capital) con Ben Shahn como ejemplo más claro, los llamados artistas del fregadero (The kitchen Sink School) británicos, el Realismo Socialista de los mexicanos (quizás el más conocido, pero no lo suficiente), los nuevos realistas (Hopper, Wyeth...) y tantas y tantas escuelas nacionales o regionales, a las que el "silencio administrativo" ha ignorado.
Es una lástima que a cambio se ofrezca al gran público en museos, programas de televisión o prensa, la imagen de un arte críptico, incomprensible y extravagante, hecho para el negocio de unos pocos y el disfrute de menos todavía. Nos merecemos disfrutar de la belleza y la poética del arte, esté donde esté: derecha, izquierda o en media pensión. Lo más importante son las obras, el resto, las ideas, la reflexión, ha de llegar después, al margen de posicionamientos preconcebidos. Hoy más que nunca debemos socializar el buen gusto, abriendo para ello museos, salas y hasta talleres a la gente. El arte debe darse a conocer por sí mismo. La mejor publicidad es que hablen las obras y no los críticos. Que cada cual vea, piense y decida por sí mismo.